“Seguramente muchos recuerden o hayan visto esa película, que allá por los 90, nos mostraba, de forma divertida, las travesuras de un niño con cara angelical e ideas maqueavélicas que lo único que deseaba era ser comprendido, aceptado y amado.”

Probablemente, no a esos extremos, pero en muchas ocasiones, numerosos padres hayan sentido que sus hijos se habían empeñado en hacerles la vida imposible.

Los adultos, olvidamos fácilmente, lo que es ser niño y ver el mundo a través de los ojos infantiles. Intentamos que se comporten en base a normas sociales adecuadas en todo momento y se atengan inmediatamente al control de sus frustraciones y emociones. Pero todo esto, no es tan sencillo y choca directamente con nuestros deseos y los del niño. Tanto, que a veces, se convierte en una “batalla campal” llena de desesperación por parte de ambos.

Existe una relación directa entre lo que el niño siente y su comportamiento.

No se trata de una lucha de poderes para ver quién resulta vencedor.

A menudo, cuando percibimos una emoción negativa en el niño (tristeza, ira, aburrimiento…) pretendemos cambiarla inmediatamente por arte de magia y usamos técnicas como:

  • NEGAR SUS SENTIMIENTOS: Diciendo: ¡No es para tanto!
  • DAR CONSEJOS: Lo que tienes que hacer es dejar de llorar y seguir jugando.
  • PREGUNTAR: ¿Por qué has actuado así?
  • DEFENDER AL CONTRARIO: Algo habrás hecho para que tu amigo se enfade contigo.
  • REPROCHES Y ACUSACIONES: Siempre estropeas todo.
  • AMENAZAS E INSULTOS: Te voy a castigar como no pares / Con el frío que hace y vas en camiseta, ¿eres tonto?
  • ÓRDENES Y ADVERTENCIAS: ¡Ten cuidado! ¡Date prisa!

Y un montón más de COMPARACIONES, SERMONES Y PROFECÍAS.

Si nos pusiéramos por un momento en la piel de niño y alguien nos dijera todo lo anterior,

¿Cómo cree cada uno que reaccionaría? Pues seguramente, no nos gustaría que minimizaran nuestros sentimientos. Entonces, ¿por qué seguimos haciéndolo?

Existen otros métodos para comunicarnos que quizá pudieran dar mejor resultado. ¿Y si probamos a…

  • ESCUCHAR CON ATENCIÓN: mirando al niño cuando nos hable y parando la actividad que estemos haciendo.
  • RECONOCER LOS SENTIMIENTOS: Cuando nos esté contando algo, decir palabras como Vaya, ya veo…
  • DAR NOMBRE A LOS SENTIMIENTOS: Una situación como esa es para estar muy enfadado.
  • COMENTAR LOS PROPIOS SENTIMIENTOS: Me molesta mucho que cuando llego a casa vea todas las cosas tiradas por el suelo.
  • MANIFESTAR NUESTRAS EXPECTATIVAS: Cuando presto algo, espero que me lo devuelvan tal y como lo dejé.
  • DAR OPCIONES: Tienes dos opciones, caminar tranquilamente o subirte al carrito, tú decides.
  • TOMAR MEDIDAS: Veo que has decidido sentarte en el carrito.
  • ENSEÑAR A RECTIFICAR: Esto se limpia con agua y jabón y se frota hasta que salgan todas las manchas de bolígrafo.
  • PERMITIR QUE EXPERIMENTEN LAS CONSECUENCIAS DE SUS ERRORES: Hoy no me podrás acompañar a hacer los recados.
  • RESOLUCIÓN CONJUNTA DE PROBLEMAS: Encontrar ideas que puedan satisfacer a ambos.

Y, por supuesto, intentar no poner ETIQUETAS. Como bien dice el título de este artículo: “Este chico es un demonio… es terco, malo, lento, torpe… Cuando generalizamos los comportamientos en base a la persona y su totalidad, favorecemos que se cumpla esa profecía y el niño se comporte como se espera de él. “Si todos piensan que soy malo, lo seré y por lo tanto me portaré mal.”

¿Qué podemos hacer para que esto no se dé?

  • BUSCAR CONDUCTAS DIFERENTES para mostrarle una nueva imagen de sí mismo.
  • Intentar que le ESCUCHE decir a otras personas algo FAVORABLE sobre él.
  • Dar EJEMPLO del COMPORTAMIENTO DESEADO.

Quizá todas estas alternativas parezcan costosas a la hora de ponerlas en marcha, pero puede ser sorprendente la manera en que se consigue tener una relación más fluida y una comunicación más efectiva.

¿Os atrevéis a probarlo? ¡Podéis contarnos vuestras experiencias!

¡Ánimo!

Nilda Pérez López Centro Psicologic

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